Prejuicios

1618_1456857118101El debate de investidura frustrada de la pasada semana tuvo una fuerte carga emocional o al menos yo lo viví así en comparación con otros debates producidos en el Congreso, algunos de ellos anodinos y tediosos.

Cierto es que yo, de modo partidista, ansiaba que Pedro Sánchez lograra la investidura – qué otra cosa se puede esperar de un socialista sino pretender un presidente socialista- pero estaba, y estoy, convencido que estábamos ante una verdadera oportunidad de cambio político en España, no solo por el cambio en las políticas que de modo impositivo ha venido aplicando el Partido Popular durante más de cuatro años, sino también por las formas en un nuevo contexto pluralista desconocido hasta ahora. Solo por este hecho, el de pasar página de un mal periodo y abrir un tiempo nuevo basado en los acuerdos, me parecía suficiente para lograr esa investidura.

Pero esta decepción no fue lo que más me golpeó emocionalmente. De hecho, en la pasada legislatura acabé acostumbrándome a perder votaciones ante el rodillo del PP. Lo que me golpeó fue la actitud de Podemos. Siempre he sentido una tendencia natural hacia el logro de mayorías de izquierda aun cuando soy consciente que las semejanzas fuerzan las divergencias. No me pareció bien que los ataques más feroces a nuestro candidato procedieran de quien puedes considerar más próximo y consiguieron que algunos viejos recuerdos personales afloraran. Recuerdos de un pasado que con el transcurso de la edad siempre nos conmueven.

Me vino a la memoria una imagen de esas que se conservan congeladas. Era en 1977 y yo acudía como militante de las Juventudes Comunistas a una manifestación en defensa de los Pactos de la Moncloa que el PCE apoyaba. Un militante del PCE (ml) golpeó con un martillo a un militante del PCE que hacía de servicio de orden para impedir que individuos contrarios al Pacto violentaran dicha manifestación. En nombre de la izquierda, de la auténtica, se golpeaba a la izquierda considerada traidora. El agresor fue expulsado por otros miembros del servicio de orden del PCE mientras que el agredido, ensangrentado, persistía en mantenerse cogido de la mano con sus compañeros sin abandonar la misión asignada. Hoy aquellos Pactos son glosados como un acuerdo fundamental que dio inicio al periodo de mayor libertad, desarrollo económico y bienestar social que ha vivido España en toda su historia.

En la universidad, siendo del PCE, tuve que soportar el calificativo despectivo de revisionista por los depositarios de las esencias izquierdistas, la gran mayoría de los cuales se olvidó prontamente de su compromiso revolucionario incluso político. Más tarde, el de socialdemócrata, que con orgullo cargo desde 1981.

Cuando Pablo M. Iglesias subió, por primera vez a la tribuna del Congreso el pasado día dos comenzó su intervención invocando el recuerdo de Puig Antich, de los asesinados en Vitoria y de los abogados asesinados en la calle Atocha de Madrid. Me hubiera parecido bien tal invocación si no la hubiera utilizado como un arma contra otros grupos de la Cámara ignorando las vivencias, trayectorias y sentimientos de quienes formamos tales grupos que, a juicio o, mejor dicho, a prejuicio del sr. Iglesias, debemos encontrarnos en las antípodas de su sensibilidad.

Me llamó la atención que alguien que nació en 1978, esto es, después de que ocurrieran tales vilezas, se apropiara de aquello para utilizarlo provocativamente frente a otros. Me supo especialmente mal la alusión a la matanza de Atocha pues aquel fatídico mes de enero de 1977 lo viví como militante comunista con mucha preocupación, porque la esperanza de lograr la libertad en nuestro país se iba al garete y nuestra propia seguridad también.

Por eso, cuando Antonio Hernando en su intervención homenajeaba los 136 años de historia del PSOE reivindicando su legado, e Iglesias negaba que los actuales socialistas fuéramos los legítimos herederos, yo exclamé ¡Qué sabes tú de nuestras vidas!

Mi compromiso con el socialismo, más aún cuando era un adolescente revolucionario, siempre se fundamentó en los afectos y nunca en el odio. Nunca me sentí impelido por ningún resentimiento personal, social ni ideológico. Sí que conocí personas que se vinculaban a la lucha política alegando su origen social como una injusticia de origen, y no les faltaba razón, y otras reivindicando la memoria de familiares que sufrieron la represión cuando no ellos mismos. Pero no eran la mayoría. La mayoría destilaba empatía, generosidad, afecto y desprendimiento. Por eso, no entiendo el odio en las actitudes del diputado Iglesias. No puedo compartir la descalificación sistemática basada en el prejuicio y la soberbia que otorga la presunción de superioridad moral frente al resto.

El prejuicio y la descalificación de los actores, su deslegitimación en definitiva, sacrifica los contenidos y las razones. Por eso el debate de investidura no se produjo sobre los contenidos del acuerdo entre PSOE y Ciudadanos, sino por ser un acuerdo entre estos, a los que no se les otorga ni el beneficio de la duda. Evocando a Michael Ignatieff se nos niega el derecho a ser escuchados porque se antepone la descalificación.

Si echara mano de la historia podría recrearme en encuentros de competición izquierdista que solo contribuyeron al fin de la libertad y a enormes dolores y sufrimientos. La transición democrática se nutrió de aquellas experiencias y el país se conjuró para que nunca jamás volviéramos a vivir tanta desgracia. Claro que quien denigra aquél tiempo está despreciando todo aquel esfuerzo y todo aquel dolor sufrido. Los que sufrieron en carne propia el sufrimiento decidieron abrir ventanas para que corriera el aire limpio y se avistaran horizontes de paz, libertad y progreso. Llama la atención que quienes no lo vivieron sean menos generosos que los que lo sufrieron.

Del Partido Popular sabía lo que podía esperar, era previsible su actitud pues al fin y al cabo la candidatura de Pedro Sánchez era una enmienda a la totalidad de su gestión. De los independentistas y nacionalistas, también podía esperar lo que ahí escuché. De quien no podía esperar tal actitud es de quienes pensaba que podríamos compartir la inquietud por restituir la dignidad de los más débiles.

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